4.8.11

last farewell


Me mudé a jamesfrustrante.blogspot.com
Más y mejor.

3.5.10

Todo está iluminado

Cuando el aire de la noche deja de ser transparente, cada paso parece una brazada hacia la superficie, pero no son metros de agua lo que hay sobre la cabeza, no, es tierra negra. No es necesario decir, que por muy poético que parezca, quedarse sepultado, ingrávido e inmóvil no es aceptable. Es más, no tengo nada que ver con Pompeya, y piensas "arriba, arriba, aguanta un poco más".
En mi vida hubo noches así. A veces yo no tenía nada que ver con lo que sucedía. A veces lo que viene es tan grande que no queda espacio ni arcén que pueda protegerme. El piano cae a la acera, sólo que no he mirado hacia arriba y ni siquiera tengo una nespresso para negociar la salvación.

Otras veces, fui yo quien se lanzó a la negrura (Munch me pintó mientras gritaba y caía; Magritte lo hizo cuando me miraba al espejo; y, según Kundera, el vértigo no es el miedo a la altura, sino el miedo al impulso que cada uno tiene de lanzarse al vacío).

Pero es mentira. Porque la negrura no dice nada acerca de si la caída es de cincuenta centímetros o de quinientos metros. Y es que en la desesperanza siempre hay un margen para el error. Además, casi siempre todo es más sencillo:

Ahora que un rayo de sol atraviesa la habitación e ilumina la parte de la cama que está pegada a la pared, tu pelo brilla, tu cara brilla, tus ojos, aún cerrados, brillan. Y pienso en todo lo que ha tenido que pasar para que estés aquí, a mi lado. Te veo dormir y me pregunto qué sería de tu pelo sin la brisa y la llovizna del cruce de Shibuya, o qué sería de tu piel si no hubiese conocido el sol y el mar de Australia.


A veces basta con volver andando a casa, bajo el tejado en que una cabra toca el violín todas las noches. Y darse cuenta de que la felicidad sí puede ser completa en un cuadro de Chagall, pero en un cuadro mágico en el que las nubes se mueven bajo la luna, el aire huele a noche de verano, y nosotros dormimos en una cama que flota a muchos metros sobre la ciudad, rodeados de jarrones con flores.

Ahora lo sé. Tú duermes y todo está iluminado.

22.3.10

La nada humana

Ahora que los meses han pasado, me doy cuenta de lo fácil que ha sido llegar a marzo, y casi también a abril. Ahora los días ya son algo más largos, comienza a haber luz, pero independientemente de esas cosas que se agradecen, soy feliz.

Por el contraste y por la distancia casi aséptica que da el paso del tiempo, pienso en el año pasado, mi primer año en Madrid, y en lo jodidamente tercos que fueron los días en pasar. Y me he dado cuenta del paquete de tiempo que fueron esos diez meses, bien envuelto en algo que sólo puedo identificar con alambre de espino, y ya enviado hacia el baúl de los recuerdos. Una maraña de días iguales de los que no quería sino escapar, como cuando en la noche busco la salida del pub de turno para respirar aire limpio. Pero mis pies estaban delicadamente envueltos con lija y el suelo hecho de cerillas.

Fue un infierno bien numerado del que conservo pocos recuerdos buenos y del que aprendí mucho acerca de la naturaleza de las cosas. Apenas encuentro nostalgia allí.
Podría haber sido mucho peor de haber bebido mucho menos o de no haber tenido a Lucía dos calles más arriba. Tomar el café o pasear, salir o hablar, entonces bien valían su tiempo en oro. El resto del tiempo podría cambiar lo de ser humano por un no muy cómodo traje de nada humana. Y recordando a Bukowski, "joder, no era ni mi día, ni mi año, ni mi vida".



La realidad tiende a pintar algunos sueños con colores más agresivos que los que el anhelo eligió en un principio. Por supuesto que muchos de ellos se quedan en borradores y retratos olvidados y olvidables. Pero sólo se aprende por el contraste, y por eso:

Gracias, meses cubiertos de mierda, no fue vuestra culpa, no supe viviros. Siempre os tendré en mala estima; pero de todas formas, gracias por haber venido a visitarme, pues vuestra ausencia es ahora mi felicidad.

20.1.10

Nunca formaría parte de un club que me admitiera como socio

Antes, cuando pasaba algo de verdad, algo importante me refiero, la gente salía a la calle. Puede que porque se creía necesario, puede que porque se creía en ello, puede que por dar la cara, poner la cara o que la cara de uno saliese en primera plana. Claro que muchos y muchas lo hacían por ser vistos, para favorecer la masturbación del público y el voyeurismo moralista de siempre.

Lo que realmente importa es q
ue no tenía nada que ver nunca con el hecho que se pintase con el espray en las pancartas. Lo que al final permanece no es la pancarta sino la cantidad, la masa (y es la misma que reclama y se alza en revoluciones, la misma que lincha y atropella, pero eso es otro tema). La unidad que se respiraba, el cuerpo hundido en ese gran cuerpo de todos, el saber que algo nos unía y nos movía (daba lo mismo el qué o el quién), y que pasase lo que pasase estaríamos juntos gritando, luchando y quizá muriendo.

Hoy en día la masa es un asno al que se le ha colgado delante de sus ojos una zanahoria en un palo. Y quizá siempre nos quedaría la fe en el individuo, pero creo que incluso ahora todo eso empieza a fallar. Y estoy muy cabreado por ello.

No puedo hablar de la decadencia, porque más bien conozco poco de la historia al haber vivido 23 años. Tampoco soy un nostálgico que no sabe adaptarse a los cambios. Pero tampoco soy tonto y puedo decir que lo idiota está de moda.

Las redes sociales nacieron en un principio para la comunicación. Hoy son un pudridero intelectual. Y he aquí la pregunta: ¿las personas son estúpidas y las redes sociales no tienen la culpa? o ¿las personas se sienten tan solas y vulgares que necesitan meterse de lleno en un mundo -que no es real- para calmar su desesperación mientras se agregan a grupos de fans, aplicaciones online y demás?

Y es que joder, en el pasado salieron muy buenas cosas de gente que se moría de asco en la indigencia existencial y metía sus manos de lleno en la mierda de esta vida para tratar de sacar alguna respuesta al asunto, que ya habría tiempo para el suicidio.

No pido la resurrección de Spinozas, Kants, Kierkegaards o Nietzsches. Tampoco me voy al "cualquier tiempo pasado fue mejor". No, pido cierto sentidiño. No perder la cabeza ante la primera idea de moda que surja ni arrodillarse ante la primera deidad celestial (virtual, de silicona, musical... lo que sea que el mal adopta muchas formas) que se nos aparezca; que la revolución francesa y su guillotina ya quedan muy atrás, y la edad media aún más.


Lo que quiero decir es que antes se sabía bien que la vida iba en serio. Se salía a la calle y se colocaban los claveles en los fusiles. No era por las ideas, era por nosotros. La vida y la alegría -también el dolor- eran de verdad.

Que hoy se mueran los pobres de turno y se maten las tribus de siempre no está más que a un click de ratón, y para qué engañarnos, nos importa un bledo; siempre ha pasado y siempre pasará, el mundo siempre ha estado lleno de putadas y de hijos de puta. El peligro es que ese click acerca todo con una asepsia que entumece. Y es tan, tan fácil hacerse fan de la desgracia ajena de moda sin salir de la propia habitación, sin oler los cadáveres pudriéndose que no me extraña que no seamos capaces ya de oler cómo nuestros cerebros también se pudren.




3.12.09

P. de París

El presente es continuo, como las calles que nos acogen, las mismas en las que nos encontramos. Y el cielo es naranja por la noche, pero los tejados siempre son azules hasta el amanecer. Contemplé la ciudad desde allí arriba, donde no llega el ruido de los coches, pero sí un violín no muy distante. Desde esa ventana, desde su reflejo, veo el mundo: Nueva Zelanda, Chile, Tokyo, Sydney, Bruselas, Londres, París, Madrid... El globo terráqueo en el mejor escaparate, al que pego mi nariz hasta parecer un cíclope.

¿Y qué te voy a decir? Se me ha puesto la cabeza del revés, poco a poco, como la aguja del reloj del que nos comimos las horas, inexorablemente. Y es que Chagall sabía bien qué pintaba sobre las nubes de los cielos de París. Por eso es bueno que esta historia hable de áticos y buhardillas, casas con gato y piano, mientras en el tejado hay una cabra violinista velando mis sueños.

20.11.09

nihilismo y putas

Siempre que bajo por mi calle en dirección al metro lo pienso: cuántos burdeles, prostíbulos, bares de copas (donde que el whisky esté aguado es lo de menos), hay a ambos lados de Gran Vía.

Yo vivo en una de esas calles. No pasa nada, que yo sepa. También es que justo enfrente hay una comisaría. La fiesta debe suceder calle arriba o calle abajo. Una noche, tarde, bajé a por tabaco a uno de ellos.
-Tenéis tabaco?
-Sí, dentro hay una máquina.
Entré, me miraron unas cuantas mujeres y unos cuantos hombres. La música de bailoteo, estúpida y simple siguió sonando. No pasó nada. Ni siquiera se me pegó olor a azufre o a orgasmo a la ropa (tal vez no pude olerlo). Fue como esos turistas que van a australia para nadar con tiburones, eso sí, desde dentro de la jaula.

A unos metros más al este de repente apareces en Gran Vía. Una pasarela de desfile. También una marcha fúnebre completa. Es la garganta profunda por donde todo el mundo discurre y aparenta la normalidad de un día normal. Esa garganta flanqueada por tetas desnudas en noches de 2ºC, mamadas por 20 euros, hombres que pasan revista a su próxima compra como en esas películas de romanos y esclavos. Cerdos calvos, gordos, sudorosos, que las tocan, palpan, que se follan a esas pobres mujeres que los llaman "papito" cuando se corren encima. Si sólo supiesen que a veces la derrota también honra.. Sí, la soledad apremia y los hay que no son capaces de abrazarla.

La soledad llega. No sé cuándo le llegó a esa mujer que siempre está sentada al final de la calle, entre la peluquería china y el restaurante argentino. La soledad de las encías sin dientes. Lo triste del maquillaje a las 9 de la mañana, tiritando.

En el metro no hay putas. Por lo menos no se las ve a primera vista. Sí hay gente. Masa. Trozos de carne derritiéndose en el asiento, deslizándose al suelo. Otros leen en los ladrillos: El milenio cambió hace 8 años, los ídolos se resisten a entrar en el crepúsculo. Todos adoran a los mismos idiotas.

Entre parada y parada, la televisión (que recuerda a las noticias de los felices años 50) dice que todo está bien y exhibe noticias estúpidas. ¿Quién es el adicto al prozac que escribe esa basura? No es el mundo el que está jodido. Son las personas. Lo peor es alardear en tiempos de crisis, y sonríen, aunque no tengan casi ya dientes. Se les llena la boca con esa palabra: "Crisis". Pues bien, no es precisamente la económica la que me preocupa.

Quiero pensar que aún es posible girar el volante antes de caer por el precipicio. Pero la mayor parte de la gente es estúpida. No es culpa suya.




Con mi música a cuestas bajo la calle hasta la entrada del metro. Hace sol, pero hace frío. Una mujer sentada al borde me dice algo, pero no la escucho. Siempre dice algo, pero no la escucho. En la entrada al metro siempre rechazo los panfletos. Mantengo la puerta abierta al que viene detrás de mí, así como el que me precedía hizo conmigo. Saco mi billete y lo meto en la máquina, como cada mañana. La gente corre tras el metro que está a punto de escapar. Se escucha un sonido agudo, es mi metro que está llegando. Entro en el vagón. Unos leen, otros miran la pantalla. Otros duermen. Y pocos hablan. Antes era frecuente ver amputados pidiendo a gritos una limosna(era Dante que había bajado al submundo). Ahora de vez en cuando una mujer de europa del este o un par de sudamericanos entran en el vagón arrastrando su altavoz. No sé qué cantan, subo el volumen de mi música. Las mismas voces frías y amables anuncian cada parada. A veces las escucho.

En la parada de ciudad universitaria pienso: ¿y todos estos somos los que vamos a cambiar el mundo? Luego salgo a la superficie, a flote. Y vuelta a empezar.

3.10.09

A.

Mucho antes que N. hubo otras. En realidad la primera de todas, Z., me dio a entender con un bofetón que dar un beso en la boca cuando se tiene cinco años no es algo para niños. La señorita que nos vigilaba en el bus de la guardería rápidamente vino a separarnos. Y aquello fue otro comienzo, supongo que el que se refiere a la timidez.

Diez años después ya tenía edad para dar besos en la boca. Conocí a A. . Empecé a deshacerme un poco de mi timidez, que en su mayor parte fue sustituida por una gran capacidad de romanticismo, muy a lo Bécquer, e idolatración masoquista.

Por la tarde, después de clase, la acompañaba todos los días hasta su casa. La broma del enamorado consistía en la estúpida caminata de seis kilómetros, todos los días. Unos cuantos imbéciles de clase se reían de mí. Sin embargo no me importaba mucho porque yo sabía, más o menos, lo que quería. Quería estar con A. todo el tiempo posible. Y para mí aquellas tardes, caminando al lado del mar siempre me devolverán la imagen de un pequeño Yo, tan solo y atormentado como el de ahora, que empezaba a meterse en el berenjenal que son las relaciones.

Salíamos juntos del colegio y los fines de semana también paseábamos, solos o con más personas de clase. Claro que llegó el momento en que era imposible esconder el elefante que había en la habitación. Y una tarde de noviembre tuve que decir la verdad, vamos, lo que yo creía que era la verdad. Pero los coches no se paran y la gente se detiene en las aceras. No, ni siquiera los pájaros aletean más despacio o los ojos de ella brillan de una manera diferente. Lo único que pasó entonces, en ese momento decisivo en el que no tenía saliva en la boca y las piernas me temblaban, me pasó a mí. La única verdad de lo sucedido, es que fui masacrado con un obús:

-Me gustas, pero como amigo.

Aún me hace gracia escuchar la contradicción encerrada en esa frase. Claro que la pobre A. no sabía mucho más de las relaciones que lo que podia haber aprendido en la televisión. No se la puede culpar. Aunque supo utilizarme a su antojo y aprovecharse en lo sucesivo de nuestra "amistad".

Sin embargo, como pasa con todo, un día de repente me desperté y A. ya no estaba. Me sentía nuevo y con la sensación de haber ascendido un poco en la pirámide de la adolescencia, en busca de las estrellas (inalcanzables) allá arriba (como ves, la vena romántica aún se revuelve en mi interior como lo harían en la proporción justa la cerveza y el ron dentro de tu estómago).

No sé muy bien qué ha hecho ella de su vida. La última vez que supe algo, ella estaba haciendo derecho. La verdad (y es terrible) es que el tiempo pasa por encima de las personas a las que quise, y las aleja y no sé hasta qué punto también las deforma; pero lo peor o lo mejor del asunto es repasar todo y darme cuenta de que puedo decir "qué idiota era por haberlo pasado tan mal por una tía que era, asimismo, tan idiota". Y que lo sigue siendo..

Claro que y yo qué coño sabía? Lo único que tenía sentido entonces era aquello, la certeza de que estaba vivo y viviendo un momento de mi vida en el que podía alcanzar el paraíso con tal de pasear con ELLA una tarde. Ahora hay que recurrir a soluciones más drásticas para llegar a ese paraíso, lo cual es una mierda.

Todo se estropea y avería, y en todos los presentes posibles existe cierto grado de dolor porque vivo pegado a una lupa que aumenta demasiado las cosas. Con el tiempo la perspectiva cambia. Me hice mayor y ahora puedo mirar un poco el pasado por encima del hombro. El consuelo es que hice lo que necesitaba hacer (continúo con esa norma) y, a diferencia de los cuatro idiotas de turno que se reían de mí y de mis estupideces, no tengo más que respeto por lo que aquel Yo hizo en tantas tardes de vuelta a casa después del colegio.