3.12.09

P. de París

El presente es continuo, como las calles que nos acogen, las mismas en las que nos encontramos. Y el cielo es naranja por la noche, pero los tejados siempre son azules hasta el amanecer. Contemplé la ciudad desde allí arriba, donde no llega el ruido de los coches, pero sí un violín no muy distante. Desde esa ventana, desde su reflejo, veo el mundo: Nueva Zelanda, Chile, Tokyo, Sydney, Bruselas, Londres, París, Madrid... El globo terráqueo en el mejor escaparate, al que pego mi nariz hasta parecer un cíclope.

¿Y qué te voy a decir? Se me ha puesto la cabeza del revés, poco a poco, como la aguja del reloj del que nos comimos las horas, inexorablemente. Y es que Chagall sabía bien qué pintaba sobre las nubes de los cielos de París. Por eso es bueno que esta historia hable de áticos y buhardillas, casas con gato y piano, mientras en el tejado hay una cabra violinista velando mis sueños.

20.11.09

nihilismo y putas

Siempre que bajo por mi calle en dirección al metro lo pienso: cuántos burdeles, prostíbulos, bares de copas (donde que el whisky esté aguado es lo de menos), hay a ambos lados de Gran Vía.

Yo vivo en una de esas calles. No pasa nada, que yo sepa. También es que justo enfrente hay una comisaría. La fiesta debe suceder calle arriba o calle abajo. Una noche, tarde, bajé a por tabaco a uno de ellos.
-Tenéis tabaco?
-Sí, dentro hay una máquina.
Entré, me miraron unas cuantas mujeres y unos cuantos hombres. La música de bailoteo, estúpida y simple siguió sonando. No pasó nada. Ni siquiera se me pegó olor a azufre o a orgasmo a la ropa (tal vez no pude olerlo). Fue como esos turistas que van a australia para nadar con tiburones, eso sí, desde dentro de la jaula.

A unos metros más al este de repente apareces en Gran Vía. Una pasarela de desfile. También una marcha fúnebre completa. Es la garganta profunda por donde todo el mundo discurre y aparenta la normalidad de un día normal. Esa garganta flanqueada por tetas desnudas en noches de 2ºC, mamadas por 20 euros, hombres que pasan revista a su próxima compra como en esas películas de romanos y esclavos. Cerdos calvos, gordos, sudorosos, que las tocan, palpan, que se follan a esas pobres mujeres que los llaman "papito" cuando se corren encima. Si sólo supiesen que a veces la derrota también honra.. Sí, la soledad apremia y los hay que no son capaces de abrazarla.

La soledad llega. No sé cuándo le llegó a esa mujer que siempre está sentada al final de la calle, entre la peluquería china y el restaurante argentino. La soledad de las encías sin dientes. Lo triste del maquillaje a las 9 de la mañana, tiritando.

En el metro no hay putas. Por lo menos no se las ve a primera vista. Sí hay gente. Masa. Trozos de carne derritiéndose en el asiento, deslizándose al suelo. Otros leen en los ladrillos: El milenio cambió hace 8 años, los ídolos se resisten a entrar en el crepúsculo. Todos adoran a los mismos idiotas.

Entre parada y parada, la televisión (que recuerda a las noticias de los felices años 50) dice que todo está bien y exhibe noticias estúpidas. ¿Quién es el adicto al prozac que escribe esa basura? No es el mundo el que está jodido. Son las personas. Lo peor es alardear en tiempos de crisis, y sonríen, aunque no tengan casi ya dientes. Se les llena la boca con esa palabra: "Crisis". Pues bien, no es precisamente la económica la que me preocupa.

Quiero pensar que aún es posible girar el volante antes de caer por el precipicio. Pero la mayor parte de la gente es estúpida. No es culpa suya.




Con mi música a cuestas bajo la calle hasta la entrada del metro. Hace sol, pero hace frío. Una mujer sentada al borde me dice algo, pero no la escucho. Siempre dice algo, pero no la escucho. En la entrada al metro siempre rechazo los panfletos. Mantengo la puerta abierta al que viene detrás de mí, así como el que me precedía hizo conmigo. Saco mi billete y lo meto en la máquina, como cada mañana. La gente corre tras el metro que está a punto de escapar. Se escucha un sonido agudo, es mi metro que está llegando. Entro en el vagón. Unos leen, otros miran la pantalla. Otros duermen. Y pocos hablan. Antes era frecuente ver amputados pidiendo a gritos una limosna(era Dante que había bajado al submundo). Ahora de vez en cuando una mujer de europa del este o un par de sudamericanos entran en el vagón arrastrando su altavoz. No sé qué cantan, subo el volumen de mi música. Las mismas voces frías y amables anuncian cada parada. A veces las escucho.

En la parada de ciudad universitaria pienso: ¿y todos estos somos los que vamos a cambiar el mundo? Luego salgo a la superficie, a flote. Y vuelta a empezar.

3.10.09

A.

Mucho antes que N. hubo otras. En realidad la primera de todas, Z., me dio a entender con un bofetón que dar un beso en la boca cuando se tiene cinco años no es algo para niños. La señorita que nos vigilaba en el bus de la guardería rápidamente vino a separarnos. Y aquello fue otro comienzo, supongo que el que se refiere a la timidez.

Diez años después ya tenía edad para dar besos en la boca. Conocí a A. . Empecé a deshacerme un poco de mi timidez, que en su mayor parte fue sustituida por una gran capacidad de romanticismo, muy a lo Bécquer, e idolatración masoquista.

Por la tarde, después de clase, la acompañaba todos los días hasta su casa. La broma del enamorado consistía en la estúpida caminata de seis kilómetros, todos los días. Unos cuantos imbéciles de clase se reían de mí. Sin embargo no me importaba mucho porque yo sabía, más o menos, lo que quería. Quería estar con A. todo el tiempo posible. Y para mí aquellas tardes, caminando al lado del mar siempre me devolverán la imagen de un pequeño Yo, tan solo y atormentado como el de ahora, que empezaba a meterse en el berenjenal que son las relaciones.

Salíamos juntos del colegio y los fines de semana también paseábamos, solos o con más personas de clase. Claro que llegó el momento en que era imposible esconder el elefante que había en la habitación. Y una tarde de noviembre tuve que decir la verdad, vamos, lo que yo creía que era la verdad. Pero los coches no se paran y la gente se detiene en las aceras. No, ni siquiera los pájaros aletean más despacio o los ojos de ella brillan de una manera diferente. Lo único que pasó entonces, en ese momento decisivo en el que no tenía saliva en la boca y las piernas me temblaban, me pasó a mí. La única verdad de lo sucedido, es que fui masacrado con un obús:

-Me gustas, pero como amigo.

Aún me hace gracia escuchar la contradicción encerrada en esa frase. Claro que la pobre A. no sabía mucho más de las relaciones que lo que podia haber aprendido en la televisión. No se la puede culpar. Aunque supo utilizarme a su antojo y aprovecharse en lo sucesivo de nuestra "amistad".

Sin embargo, como pasa con todo, un día de repente me desperté y A. ya no estaba. Me sentía nuevo y con la sensación de haber ascendido un poco en la pirámide de la adolescencia, en busca de las estrellas (inalcanzables) allá arriba (como ves, la vena romántica aún se revuelve en mi interior como lo harían en la proporción justa la cerveza y el ron dentro de tu estómago).

No sé muy bien qué ha hecho ella de su vida. La última vez que supe algo, ella estaba haciendo derecho. La verdad (y es terrible) es que el tiempo pasa por encima de las personas a las que quise, y las aleja y no sé hasta qué punto también las deforma; pero lo peor o lo mejor del asunto es repasar todo y darme cuenta de que puedo decir "qué idiota era por haberlo pasado tan mal por una tía que era, asimismo, tan idiota". Y que lo sigue siendo..

Claro que y yo qué coño sabía? Lo único que tenía sentido entonces era aquello, la certeza de que estaba vivo y viviendo un momento de mi vida en el que podía alcanzar el paraíso con tal de pasear con ELLA una tarde. Ahora hay que recurrir a soluciones más drásticas para llegar a ese paraíso, lo cual es una mierda.

Todo se estropea y avería, y en todos los presentes posibles existe cierto grado de dolor porque vivo pegado a una lupa que aumenta demasiado las cosas. Con el tiempo la perspectiva cambia. Me hice mayor y ahora puedo mirar un poco el pasado por encima del hombro. El consuelo es que hice lo que necesitaba hacer (continúo con esa norma) y, a diferencia de los cuatro idiotas de turno que se reían de mí y de mis estupideces, no tengo más que respeto por lo que aquel Yo hizo en tantas tardes de vuelta a casa después del colegio.

29.9.09

Hace un par de años mi novia me dejó. N., en su huida, se defendió diciendo una frase de otro N (la cual conoció por mí):"Todo aquello que se hace por amor sucede más allá del bien y del mal". Tal como si me hubieran obligado a construir la silla eléctrica con la que luego, en mi ignorancia, me habrían de ejecutar. Obviamente, se fue con otro.


Mi error fue creer en la perfección, pecando de ingenuidad, supongo, cuando creí que todo aquello podría durar indefinidamente. Me refiero a cuando todo iba bien, al principio. Claro que siempre uno ve defectos en el otro, pero qué le importa a un rinoceronte que un mosquito le pique en el lomo. Además, yo a veces me comportaba como un auténtico tirano, un capullo. Así que mi amor se fue moviendo torpemente, como un rinoceronte, a través de unos dos años y medio (los historiadores hablan de incluso tres) hasta que el choque contra el gran muro blanco (la ausencia es blanca como la nieve, sólo que es ella quien te esnifa a ti) en que se convirtió aquel mes de mayo.


¿Si lo pasé mal? Joder, claro que lo pasé mal. Las pasé putas y no quería más que desaparecer. No podia vivir sin ella, no podía. Y me parecía increíble lo que estaba sucediendo en mi vida. Y mirando por la ventana del dormitorio de la habitación aquella, veía un mundo hipócrita, lleno de primavera, con pajaritos cantando, abejas zumbando y parejas besándose a la luz del atardecer, en aquel parque. Lo típico. Un mundo hipócrita que se negaba a pararse y respetar mi dolor.


La última noche N. y yo follamos (desde el primer momento creí necesario no caer en la estúpida trampa de la guerra abierta y el lanzarse los jarrones a la cabeza y al cuello del otro. Ella se había tirado a otro; además le amaba, según decía -joder, cómo hablaba, parecía una telenovela-, pero no iba a caer en la trampa y decidí seguir permitiéndome sentir lo que sentía o sintiese hasta que se acabase). No digo que hubiésemos hecho el amor porque ambos sabíamos bien para qué era aquella habitación de hotel. Por unos minutos, mientras ella estaba en el baño abriendo el grifo de la bañera, y yo tirado en la cama de dos por dos, pensé en que podría ser posible volver a lo de antes, a lo bueno.


Luego en la bañera mientras mi pie derecho flotaba sobre su teta izquierda y ella hacía lo propio con mi polla, hablaba:


-No sé. No creo que esto pueda funcionar. Además, hay muchas tías.

-Ya. Pero yo te prefiero a ti.

-¿Qué me dices de A? También está B. Podrías intentar algo con ella.

-No.

-Ah, claro, que prefieren a tíos arrastrados. Y además son demasiado guapas para ti.


Soy medianamente inteligente y no contesté a esa provocación más que con una sonrisa sarcástica y un leve roce sobre su pezón. Me limité a decir:


- Vamos a la cama.


Es violento actuar como si nada cuando una relación se baña en su propia sangre. Y supongo que para ella también era violento. N. obedecía, aunque al mismo tiempo parecía disfrutar intentando sacarme de quicio queriendo cambiar de postura porque tenía "agujetas en las ingles". Yo hacía oídos sordos y el teatro y la pornografía continuaban.


Ella se fue a las cinco. Cuando volvió a las once yo la esperaba igual que la noche anterior. Ahora yo era quien jugaba. Había decidido seguir queriéndola, a pesar de los pesares, y sin embargo comenzaba a sentirme liberado de algo. No sé si interiormente quería hacer que ella se sintiera como una puta y lo estaba consiguiendo. No sé si me sentía superior moralmente por no entrar en el juego del odio (odiarla sería una forma de veneración, de lejos, mucho más dañina que continuar amando). No sé. Pero el mundo ahí fuera ya no era tan hipócrita como las semanas anteriores.


"Pensé en que podría ser posible volver a lo de antes". Erroooorr. No, de ninguna manera. Al cabo de un mes sucedió algo raro y fue que ya no estaba triste ni tan dolido (así es como pasa, una mañana, de repente te despiertas y ya no duele. Es tan sencillo que parece mentira). Claro que luego no volví a hablar con ella. Era difícil comprobar la sanación al no verla ni hablarle. Y fue curioso porque me pasé como un año sin encontrármela por la calle. Al fin y al cabo el mundo no fue tan cabrón e insensible y acabó echándome una mano.


Dos años después N. es una desconocida con la que me cruzo por la calle de vez en cuando al volver a mi ciudad y de la que sólo conozco su pasado, que en definitiva es el mío.


Al final sólo quedaron los restos de un amor, el dolor y, con el tiempo, la extraña y terrible sensación de que aquellos dos o tres años juntos se podían resumir en un único recuerdo.


Y a qué viene todo esto, te estarás preguntando. Pues bien, este es un comienzo, una presentación. Un así empezó todo