Hace un par de años mi novia me dejó. N., en su huida, se defendió diciendo una frase de otro N (la cual conoció por mí):"Todo aquello que se hace por amor sucede más allá del bien y del mal". Tal como si me hubieran obligado a construir la silla eléctrica con la que luego, en mi ignorancia, me habrían de ejecutar. Obviamente, se fue con otro.
Mi error fue creer en la perfección, pecando de ingenuidad, supongo, cuando creí que todo aquello podría durar indefinidamente. Me refiero a cuando todo iba bien, al principio. Claro que siempre uno ve defectos en el otro, pero qué le importa a un rinoceronte que un mosquito le pique en el lomo. Además, yo a veces me comportaba como un auténtico tirano, un capullo. Así que mi amor se fue moviendo torpemente, como un rinoceronte, a través de unos dos años y medio (los historiadores hablan de incluso tres) hasta que el choque contra el gran muro blanco (la ausencia es blanca como la nieve, sólo que es ella quien te esnifa a ti) en que se convirtió aquel mes de mayo.
¿Si lo pasé mal? Joder, claro que lo pasé mal. Las pasé putas y no quería más que desaparecer. No podia vivir sin ella, no podía. Y me parecía increíble lo que estaba sucediendo en mi vida. Y mirando por la ventana del dormitorio de la habitación aquella, veía un mundo hipócrita, lleno de primavera, con pajaritos cantando, abejas zumbando y parejas besándose a la luz del atardecer, en aquel parque. Lo típico. Un mundo hipócrita que se negaba a pararse y respetar mi dolor.
La última noche N. y yo follamos (desde el primer momento creí necesario no caer en la estúpida trampa de la guerra abierta y el lanzarse los jarrones a la cabeza y al cuello del otro. Ella se había tirado a otro; además le amaba, según decía -joder, cómo hablaba, parecía una telenovela-, pero no iba a caer en la trampa y decidí seguir permitiéndome sentir lo que sentía o sintiese hasta que se acabase). No digo que hubiésemos hecho el amor porque ambos sabíamos bien para qué era aquella habitación de hotel. Por unos minutos, mientras ella estaba en el baño abriendo el grifo de la bañera, y yo tirado en la cama de dos por dos, pensé en que podría ser posible volver a lo de antes, a lo bueno.
Luego en la bañera mientras mi pie derecho flotaba sobre su teta izquierda y ella hacía lo propio con mi polla, hablaba:
-No sé. No creo que esto pueda funcionar. Además, hay muchas tías.
-Ya. Pero yo te prefiero a ti.
-¿Qué me dices de A? También está B. Podrías intentar algo con ella.
-No.
-Ah, claro, que prefieren a tíos arrastrados. Y además son demasiado guapas para ti.
Soy medianamente inteligente y no contesté a esa provocación más que con una sonrisa sarcástica y un leve roce sobre su pezón. Me limité a decir:
- Vamos a la cama.
Es violento actuar como si nada cuando una relación se baña en su propia sangre. Y supongo que para ella también era violento. N. obedecía, aunque al mismo tiempo parecía disfrutar intentando sacarme de quicio queriendo cambiar de postura porque tenía "agujetas en las ingles". Yo hacía oídos sordos y el teatro y la pornografía continuaban.
Ella se fue a las cinco. Cuando volvió a las once yo la esperaba igual que la noche anterior. Ahora yo era quien jugaba. Había decidido seguir queriéndola, a pesar de los pesares, y sin embargo comenzaba a sentirme liberado de algo. No sé si interiormente quería hacer que ella se sintiera como una puta y lo estaba consiguiendo. No sé si me sentía superior moralmente por no entrar en el juego del odio (odiarla sería una forma de veneración, de lejos, mucho más dañina que continuar amando). No sé. Pero el mundo ahí fuera ya no era tan hipócrita como las semanas anteriores.
"Pensé en que podría ser posible volver a lo de antes". Erroooorr. No, de ninguna manera. Al cabo de un mes sucedió algo raro y fue que ya no estaba triste ni tan dolido (así es como pasa, una mañana, de repente te despiertas y ya no duele. Es tan sencillo que parece mentira). Claro que luego no volví a hablar con ella. Era difícil comprobar la sanación al no verla ni hablarle. Y fue curioso porque me pasé como un año sin encontrármela por la calle. Al fin y al cabo el mundo no fue tan cabrón e insensible y acabó echándome una mano.
Dos años después N. es una desconocida con la que me cruzo por la calle de vez en cuando al volver a mi ciudad y de la que sólo conozco su pasado, que en definitiva es el mío.
Al final sólo quedaron los restos de un amor, el dolor y, con el tiempo, la extraña y terrible sensación de que aquellos dos o tres años juntos se podían resumir en un único recuerdo.
Y a qué viene todo esto, te estarás preguntando. Pues bien, este es un comienzo, una presentación. Un así empezó todo