Mucho antes que N. hubo otras. En realidad la primera de todas, Z., me dio a entender con un bofetón que dar un beso en la boca cuando se tiene cinco años no es algo para niños. La señorita que nos vigilaba en el bus de la guardería rápidamente vino a separarnos. Y aquello fue otro comienzo, supongo que el que se refiere a la timidez.
Diez años después ya tenía edad para dar besos en la boca. Conocí a A. . Empecé a deshacerme un poco de mi timidez, que en su mayor parte fue sustituida por una gran capacidad de romanticismo, muy a lo Bécquer, e idolatración masoquista.
Por la tarde, después de clase, la acompañaba todos los días hasta su casa. La broma del enamorado consistía en la estúpida caminata de seis kilómetros, todos los días. Unos cuantos imbéciles de clase se reían de mí. Sin embargo no me importaba mucho porque yo sabía, más o menos, lo que quería. Quería estar con A. todo el tiempo posible. Y para mí aquellas tardes, caminando al lado del mar siempre me devolverán la imagen de un pequeño Yo, tan solo y atormentado como el de ahora, que empezaba a meterse en el berenjenal que son las relaciones.
Salíamos juntos del colegio y los fines de semana también paseábamos, solos o con más personas de clase. Claro que llegó el momento en que era imposible esconder el elefante que había en la habitación. Y una tarde de noviembre tuve que decir la verdad, vamos, lo que yo creía que era la verdad. Pero los coches no se paran y la gente se detiene en las aceras. No, ni siquiera los pájaros aletean más despacio o los ojos de ella brillan de una manera diferente. Lo único que pasó entonces, en ese momento decisivo en el que no tenía saliva en la boca y las piernas me temblaban, me pasó a mí. La única verdad de lo sucedido, es que fui masacrado con un obús:
-Me gustas, pero como amigo.
Aún me hace gracia escuchar la contradicción encerrada en esa frase. Claro que la pobre A. no sabía mucho más de las relaciones que lo que podia haber aprendido en la televisión. No se la puede culpar. Aunque supo utilizarme a su antojo y aprovecharse en lo sucesivo de nuestra "amistad".
Sin embargo, como pasa con todo, un día de repente me desperté y A. ya no estaba. Me sentía nuevo y con la sensación de haber ascendido un poco en la pirámide de la adolescencia, en busca de las estrellas (inalcanzables) allá arriba (como ves, la vena romántica aún se revuelve en mi interior como lo harían en la proporción justa la cerveza y el ron dentro de tu estómago).
No sé muy bien qué ha hecho ella de su vida. La última vez que supe algo, ella estaba haciendo derecho. La verdad (y es terrible) es que el tiempo pasa por encima de las personas a las que quise, y las aleja y no sé hasta qué punto también las deforma; pero lo peor o lo mejor del asunto es repasar todo y darme cuenta de que puedo decir "qué idiota era por haberlo pasado tan mal por una tía que era, asimismo, tan idiota". Y que lo sigue siendo..
Claro que y yo qué coño sabía? Lo único que tenía sentido entonces era aquello, la certeza de que estaba vivo y viviendo un momento de mi vida en el que podía alcanzar el paraíso con tal de pasear con ELLA una tarde. Ahora hay que recurrir a soluciones más drásticas para llegar a ese paraíso, lo cual es una mierda.
Todo se estropea y avería, y en todos los presentes posibles existe cierto grado de dolor porque vivo pegado a una lupa que aumenta demasiado las cosas. Con el tiempo la perspectiva cambia. Me hice mayor y ahora puedo mirar un poco el pasado por encima del hombro. El consuelo es que hice lo que necesitaba hacer (continúo con esa norma) y, a diferencia de los cuatro idiotas de turno que se reían de mí y de mis estupideces, no tengo más que respeto por lo que aquel Yo hizo en tantas tardes de vuelta a casa después del colegio.
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...y tan mayor que te hiciste, pero no por el pelo o la estatura, sino por las reacciones que ahora posees ante situaciones... adversas?
ResponderEliminarHace unos años dirías que la vida se acababa cuando terminaba una... "relación", ahora... ahora ves más allá... así me gusta.