Siempre que bajo por mi calle en dirección al metro lo pienso: cuántos burdeles, prostíbulos, bares de copas (donde que el whisky esté aguado es lo de menos), hay a ambos lados de Gran Vía.
Yo vivo en una de esas calles. No pasa nada, que yo sepa. También es que justo enfrente hay una comisaría. La fiesta debe suceder calle arriba o calle abajo. Una noche, tarde, bajé a por tabaco a uno de ellos.
-Tenéis tabaco?
-Sí, dentro hay una máquina.
Entré, me miraron unas cuantas mujeres y unos cuantos hombres. La música de bailoteo, estúpida y simple siguió sonando. No pasó nada. Ni siquiera se me pegó olor a azufre o a orgasmo a la ropa (tal vez no pude olerlo). Fue como esos turistas que van a australia para nadar con tiburones, eso sí, desde dentro de la jaula.
A unos metros más al este de repente apareces en Gran Vía. Una pasarela de desfile. También una marcha fúnebre completa. Es la garganta profunda por donde todo el mundo discurre y aparenta la normalidad de un día normal. Esa garganta flanqueada por tetas desnudas en noches de 2ºC, mamadas por 20 euros, hombres que pasan revista a su próxima compra como en esas películas de romanos y esclavos. Cerdos calvos, gordos, sudorosos, que las tocan, palpan, que se follan a esas pobres mujeres que los llaman "papito" cuando se corren encima. Si sólo supiesen que a veces la derrota también honra.. Sí, la soledad apremia y los hay que no son capaces de abrazarla.
La soledad llega. No sé cuándo le llegó a esa mujer que siempre está sentada al final de la calle, entre la peluquería china y el restaurante argentino. La soledad de las encías sin dientes. Lo triste del maquillaje a las 9 de la mañana, tiritando.
En el metro no hay putas. Por lo menos no se las ve a primera vista. Sí hay gente. Masa. Trozos de carne derritiéndose en el asiento, deslizándose al suelo. Otros leen en los ladrillos: El milenio cambió hace 8 años, los ídolos se resisten a entrar en el crepúsculo. Todos adoran a los mismos idiotas.
Entre parada y parada, la televisión (que recuerda a las noticias de los felices años 50) dice que todo está bien y exhibe noticias estúpidas. ¿Quién es el adicto al prozac que escribe esa basura? No es el mundo el que está jodido. Son las personas. Lo peor es alardear en tiempos de crisis, y sonríen, aunque no tengan casi ya dientes. Se les llena la boca con esa palabra: "Crisis". Pues bien, no es precisamente la económica la que me preocupa.
Quiero pensar que aún es posible girar el volante antes de caer por el precipicio. Pero la mayor parte de la gente es estúpida. No es culpa suya.
Con mi música a cuestas bajo la calle hasta la entrada del metro. Hace sol, pero hace frío. Una mujer sentada al borde me dice algo, pero no la escucho. Siempre dice algo, pero no la escucho. En la entrada al metro siempre rechazo los panfletos. Mantengo la puerta abierta al que viene detrás de mí, así como el que me precedía hizo conmigo. Saco mi billete y lo meto en la máquina, como cada mañana. La gente corre tras el metro que está a punto de escapar. Se escucha un sonido agudo, es mi metro que está llegando. Entro en el vagón. Unos leen, otros miran la pantalla. Otros duermen. Y pocos hablan. Antes era frecuente ver amputados pidiendo a gritos una limosna(era Dante que había bajado al submundo). Ahora de vez en cuando una mujer de europa del este o un par de sudamericanos entran en el vagón arrastrando su altavoz. No sé qué cantan, subo el volumen de mi música. Las mismas voces frías y amables anuncian cada parada. A veces las escucho.
En la parada de ciudad universitaria pienso: ¿y todos estos somos los que vamos a cambiar el mundo? Luego salgo a la superficie, a flote. Y vuelta a empezar.
20.11.09
Suscribirse a:
Entradas (Atom)