3.5.10

Todo está iluminado

Cuando el aire de la noche deja de ser transparente, cada paso parece una brazada hacia la superficie, pero no son metros de agua lo que hay sobre la cabeza, no, es tierra negra. No es necesario decir, que por muy poético que parezca, quedarse sepultado, ingrávido e inmóvil no es aceptable. Es más, no tengo nada que ver con Pompeya, y piensas "arriba, arriba, aguanta un poco más".
En mi vida hubo noches así. A veces yo no tenía nada que ver con lo que sucedía. A veces lo que viene es tan grande que no queda espacio ni arcén que pueda protegerme. El piano cae a la acera, sólo que no he mirado hacia arriba y ni siquiera tengo una nespresso para negociar la salvación.

Otras veces, fui yo quien se lanzó a la negrura (Munch me pintó mientras gritaba y caía; Magritte lo hizo cuando me miraba al espejo; y, según Kundera, el vértigo no es el miedo a la altura, sino el miedo al impulso que cada uno tiene de lanzarse al vacío).

Pero es mentira. Porque la negrura no dice nada acerca de si la caída es de cincuenta centímetros o de quinientos metros. Y es que en la desesperanza siempre hay un margen para el error. Además, casi siempre todo es más sencillo:

Ahora que un rayo de sol atraviesa la habitación e ilumina la parte de la cama que está pegada a la pared, tu pelo brilla, tu cara brilla, tus ojos, aún cerrados, brillan. Y pienso en todo lo que ha tenido que pasar para que estés aquí, a mi lado. Te veo dormir y me pregunto qué sería de tu pelo sin la brisa y la llovizna del cruce de Shibuya, o qué sería de tu piel si no hubiese conocido el sol y el mar de Australia.


A veces basta con volver andando a casa, bajo el tejado en que una cabra toca el violín todas las noches. Y darse cuenta de que la felicidad sí puede ser completa en un cuadro de Chagall, pero en un cuadro mágico en el que las nubes se mueven bajo la luna, el aire huele a noche de verano, y nosotros dormimos en una cama que flota a muchos metros sobre la ciudad, rodeados de jarrones con flores.

Ahora lo sé. Tú duermes y todo está iluminado.

22.3.10

La nada humana

Ahora que los meses han pasado, me doy cuenta de lo fácil que ha sido llegar a marzo, y casi también a abril. Ahora los días ya son algo más largos, comienza a haber luz, pero independientemente de esas cosas que se agradecen, soy feliz.

Por el contraste y por la distancia casi aséptica que da el paso del tiempo, pienso en el año pasado, mi primer año en Madrid, y en lo jodidamente tercos que fueron los días en pasar. Y me he dado cuenta del paquete de tiempo que fueron esos diez meses, bien envuelto en algo que sólo puedo identificar con alambre de espino, y ya enviado hacia el baúl de los recuerdos. Una maraña de días iguales de los que no quería sino escapar, como cuando en la noche busco la salida del pub de turno para respirar aire limpio. Pero mis pies estaban delicadamente envueltos con lija y el suelo hecho de cerillas.

Fue un infierno bien numerado del que conservo pocos recuerdos buenos y del que aprendí mucho acerca de la naturaleza de las cosas. Apenas encuentro nostalgia allí.
Podría haber sido mucho peor de haber bebido mucho menos o de no haber tenido a Lucía dos calles más arriba. Tomar el café o pasear, salir o hablar, entonces bien valían su tiempo en oro. El resto del tiempo podría cambiar lo de ser humano por un no muy cómodo traje de nada humana. Y recordando a Bukowski, "joder, no era ni mi día, ni mi año, ni mi vida".



La realidad tiende a pintar algunos sueños con colores más agresivos que los que el anhelo eligió en un principio. Por supuesto que muchos de ellos se quedan en borradores y retratos olvidados y olvidables. Pero sólo se aprende por el contraste, y por eso:

Gracias, meses cubiertos de mierda, no fue vuestra culpa, no supe viviros. Siempre os tendré en mala estima; pero de todas formas, gracias por haber venido a visitarme, pues vuestra ausencia es ahora mi felicidad.

20.1.10

Nunca formaría parte de un club que me admitiera como socio

Antes, cuando pasaba algo de verdad, algo importante me refiero, la gente salía a la calle. Puede que porque se creía necesario, puede que porque se creía en ello, puede que por dar la cara, poner la cara o que la cara de uno saliese en primera plana. Claro que muchos y muchas lo hacían por ser vistos, para favorecer la masturbación del público y el voyeurismo moralista de siempre.

Lo que realmente importa es q
ue no tenía nada que ver nunca con el hecho que se pintase con el espray en las pancartas. Lo que al final permanece no es la pancarta sino la cantidad, la masa (y es la misma que reclama y se alza en revoluciones, la misma que lincha y atropella, pero eso es otro tema). La unidad que se respiraba, el cuerpo hundido en ese gran cuerpo de todos, el saber que algo nos unía y nos movía (daba lo mismo el qué o el quién), y que pasase lo que pasase estaríamos juntos gritando, luchando y quizá muriendo.

Hoy en día la masa es un asno al que se le ha colgado delante de sus ojos una zanahoria en un palo. Y quizá siempre nos quedaría la fe en el individuo, pero creo que incluso ahora todo eso empieza a fallar. Y estoy muy cabreado por ello.

No puedo hablar de la decadencia, porque más bien conozco poco de la historia al haber vivido 23 años. Tampoco soy un nostálgico que no sabe adaptarse a los cambios. Pero tampoco soy tonto y puedo decir que lo idiota está de moda.

Las redes sociales nacieron en un principio para la comunicación. Hoy son un pudridero intelectual. Y he aquí la pregunta: ¿las personas son estúpidas y las redes sociales no tienen la culpa? o ¿las personas se sienten tan solas y vulgares que necesitan meterse de lleno en un mundo -que no es real- para calmar su desesperación mientras se agregan a grupos de fans, aplicaciones online y demás?

Y es que joder, en el pasado salieron muy buenas cosas de gente que se moría de asco en la indigencia existencial y metía sus manos de lleno en la mierda de esta vida para tratar de sacar alguna respuesta al asunto, que ya habría tiempo para el suicidio.

No pido la resurrección de Spinozas, Kants, Kierkegaards o Nietzsches. Tampoco me voy al "cualquier tiempo pasado fue mejor". No, pido cierto sentidiño. No perder la cabeza ante la primera idea de moda que surja ni arrodillarse ante la primera deidad celestial (virtual, de silicona, musical... lo que sea que el mal adopta muchas formas) que se nos aparezca; que la revolución francesa y su guillotina ya quedan muy atrás, y la edad media aún más.


Lo que quiero decir es que antes se sabía bien que la vida iba en serio. Se salía a la calle y se colocaban los claveles en los fusiles. No era por las ideas, era por nosotros. La vida y la alegría -también el dolor- eran de verdad.

Que hoy se mueran los pobres de turno y se maten las tribus de siempre no está más que a un click de ratón, y para qué engañarnos, nos importa un bledo; siempre ha pasado y siempre pasará, el mundo siempre ha estado lleno de putadas y de hijos de puta. El peligro es que ese click acerca todo con una asepsia que entumece. Y es tan, tan fácil hacerse fan de la desgracia ajena de moda sin salir de la propia habitación, sin oler los cadáveres pudriéndose que no me extraña que no seamos capaces ya de oler cómo nuestros cerebros también se pudren.