En mi vida hubo noches así. A veces yo no tenía nada que ver con lo que sucedía. A veces lo que viene es tan grande que no queda espacio ni arcén que pueda protegerme. El piano cae a la acera, sólo que no he mirado hacia arriba y ni siquiera tengo una nespresso para negociar la salvación.
Otras veces, fui yo quien se lanzó a la negrura (Munch me pintó mientras gritaba y caía; Magritte lo hizo cuando me miraba al espejo; y, según Kundera, el vértigo no es el miedo a la altura, sino el miedo al impulso que cada uno tiene de lanzarse al vacío).
Pero es mentira. Porque la negrura no dice nada acerca de si la caída es de cincuenta centímetros o de quinientos metros. Y es que en la desesperanza siempre hay un margen para el error. Además, casi siempre todo es más sencillo:
Ahora que un rayo de sol atraviesa la habitación e ilumina la parte de la cama que está pegada a la pared, tu pelo brilla, tu cara brilla, tus ojos, aún cerrados, brillan. Y pienso en todo lo que ha tenido que pasar para que estés aquí, a mi lado. Te veo dormir y me pregunto qué sería de tu pelo sin la brisa y la llovizna del cruce de Shibuya, o qué sería de tu piel si no hubiese conocido el sol y el mar de Australia.

A veces basta con volver andando a casa, bajo el tejado en que una cabra toca el violín todas las noches. Y darse cuenta de que la felicidad sí puede ser completa en un cuadro de Chagall, pero en un cuadro mágico en el que las nubes se mueven bajo la luna, el aire huele a noche de verano, y nosotros dormimos en una cama que flota a muchos metros sobre la ciudad, rodeados de jarrones con flores.
Ahora lo sé. Tú duermes y todo está iluminado.